
En la trama y en el drama
del trajín de cada día
del trajín de cada día
quisiera ser caballero
de esos de alto sombrero
y garrota bien parida.
Un querubín jerezano,
de hombros longos y dispuesto,
de coraje y poder presto,
y de chota cavernaria,
para entonar cualquier aria,
mientras desfago un entuerto.
Una autoridad local,
de esos de corcel de hierro,
con plaza ganada a sangre
por un enchufe moderno.
Que con libreta altanera,
recorra, calle y aceras
presintiendo fechorias,
y en lugar de triste espera,
multar a cualquier currela,
es motivo de alegría.
Y como tengo mi porra,
mis grilletes y mi gorra,
atentos y vigilantes,
más contento que un infante
con zapatitos de estreno
un día recibiría
con remite de alcaldía,
de manos de un mensajero,
una carta que diría:
" Por su valentía esgrimida,
y amor leal y sincero,
lo nombro escolta mía,
y que se mueran los feos".
Y con suerte y con tesón,
en menos que canta un gallo,
paso de escolta a asesor,
paso de guardar la espalda,
a guardar el cobertor,
en brazos de rica dama,
y de muy rico sillón.
Pero sé que esto descrito
no me ocurrirá jamás,
pero puesto a imaginar,
permítanme esta licencia
recordando a sus vuecencias,
que es solo casualidad
con la cruda realidad
aunque les suene la historia
de un caballero local
y de la edil más notoria.